En el centenario de su nacimiento, conversamos con uno de los hijos del escultor vasco, Luis Chillida, sobre algunas claves para comprender la figura de su padre como artista y persona, en un recorrido desde la fragua hasta las Américas de la diáspora, a la conquista del espacio y lo desconocido.
En enero de 2024 se cumplieron cien años del natalicio de uno de los escultores vascos más relevantes del siglo XX. Eduardo Chillida Juantegui (1924-2002) fue un estudioso inquieto y meticuloso de los elementos constitutivos del mundo físico e intuitivo. Principalmente en hierro, hormigón y alabastro, exploró conceptos como el espacio-tiempo, la gravedad y la naturaleza de la luz, y otros que se pueden rastrear hasta la filosofía y la arquitectura, como la dialéctica materia-vacío, la delimitación de los espacios y las líneas que unen y dividen: la vertical del cielo y la horizontal del mar, que determinan la escala y la experiencia humana y proyectan el cosmos.
Eduardo fue también un artista de vocación universal, que buscó personalmente lo vasco, pero al mismo tiempo fue un creador prolífico de obra pública para diversas ciudades, tanto dentro como fuera de la península, tales como Donostia, Bilbao, Madrid, Valladolid, Palma de Mallorca, Barcelona, Berlín, Frankfurt, Helsinki, Dallas y Washington. Con ella pretendió generar espacios de encuentro y “multiplicar los propietarios de sus obras”. Su carácter colaborativo y transdisciplinar se veía en sus relaciones frecuentes con poetas, astrónomos y filósofos, entre quienes destacó Martin Heidegger, muchas veces referido como el más relevante del siglo XX.
Su proyecto más ambicioso fue el de la montaña de Tindaya, en la isla Fuerteventura, archipiélago de Canarias. Una obra con una dimensión similar a la del Panteón de Roma, que no llegó a concretarse y que buscaba “introducir” un espacio interior mediante la extracción de grandes bloques de piedra. Desde galerías peatonales podría observarse el mar y la transformación de la luz a lo largo del día, mediante dos chimeneas que apuntarían hacia el cielo. La “utopía de la montaña vacía”, una escultura “para toda la humanidad”, representaba un punto cúlmine de la obra y el pensamiento del autor.
Algunos de los prototipos o “aromas” de estas obras —a las que se rehusaba a llamar maquetas, según el testimonio de su equipo en el taller de Patricio Echeverría, ya que condicionaba su trabajo a la idea inicial— fueron parte de la exposición Eduardo Chillida, el espacio de las cosas, realizada en el Centro de Extensión UC entre marzo y mayo de 2024. La muestra incluyó también gravitaciones en papel ensamblado —que le gustaba comparar con la música de cámara de Bach— y dibujos de manos. Algunos de los modelos a escala que se presentaron fueron “Elogio del agua” (1987, Barcelona), “Elogio del horizonte” (1990, Gijón) y “Buscando la luz” (1997, Hernani).
El invitado especial del ciclo fue Luis Chillida, uno de los ocho hijos del artista e intelectual vasco, además presidente de la Fundación Eduardo Chillida y Pilar Belzunce y miembro del comité organizador de las actividades del centenario junto con su hermana Susana (cineasta y escritora), quien participó en un conversatorio sobre la obra y la figura de su padre.
En medio de un año intenso en exposiciones, homenajes y entrevistas radiales y televisivas, Euskal Ahotsa conversó con Luis, quien desde Donostia habló sobre algunas claves para entender el pensamiento y vida del escultor vasco. Luis visitó anteriormente Chile en dos ocasiones: en 2011, para la exposición Reflexión-Materia en la Galería de arte contemporáneo de Patricia Ready, en torno al legado de su padre; y en 2015, en virtud de su faceta como deportista, en la categoría de autos en el rally Dakar. Su relación con el Cono Sur es fluida, especialmente porque su yerno, Federico, es argentino, cuenta.
El proceso artístico: el desapego de la técnica y el retorno a lo vasco
Uno de los principios férreos que el escultor y grabador sostuvo a lo largo de su vida artística fue la oposición a la réplica, a la técnica como fórmula, a la serialización de sus obras y a lo que no le suponía un esfuerzo. Es por ello que, a poco andar en su carrera, buscó distanciarse de las influencias de la Grecia clásica que adquirió en su paso por Francia, para replegarse a Hernani e iniciar una búsqueda auténtica, con convergencia en lo vasco.
“El arte tenía que ser algo más profundo, más meditado. Fue quizás en sus principios como escultor en París, cuando sus primeras obras le llevaron a ver que quizás eso ya estaba hecho y que él tenía que hacer algo diferente. Yo creo que en ese momento decide volver aquí y que éste era su lugar en el mundo”, comenta Luis a la revista.
Es conocido el relato del también llamado “constructor del silencio” o “arquitecto del vacío” de cómo empezó a dibujar con la mano izquierda cuando consideró poco retadora la técnica en su paso por la Academia de Bellas Artes de Madrid, con el objetivo de priorizar el ejercicio de la sensibilidad y la mente. También se sabe que se autoimponía condiciones creativas estrictas, en virtud de las cuales desechaba muchas de sus obras. Después de su paso por París, el artista había iniciado un trabajo “hacia adentro”.
“Una de las cuestiones que para mi padre fue fundamental es que siempre le gustó trabajar en lo desconocido, de alguna manera guiándose por su instinto e indagando en lo que no conocía”, continúa Luis.
El estándar de Eduardo era por lo menos alto. Según revela Luis en el conversatorio, en el círculo de la Fundación Maeght —donde el escultor conoció a Joan Miró y a otros artistas e intelectuales de la época— se hablaba del “cementerio de los Chillida”, en referencia a las obras que Eduardo descartaba porque habían quedado muy perfectas. La misma Pilar Belzunce, su esposa, relata en el documental Chillida: el arte y los sueños (1998), de Susana Chillida, cómo el escultor quemaba “nueve de cada diez de sus dibujos”.
Otro ejemplo de su rigurosidad, entre muchos, lo podemos encontrar en su respuesta al encargo desde Japón de reversionar La Casa de Hokusai (1981), donde declara la necesidad de reestudiar el tema porque la obra venía de otra época de su vida. “Repetir conociendo el resultado de antemano me parece peligrosísimo”, declara en otro de los documentales de Susana (De Chillida a Hokusai: Creación de una obra, 1994).
En Hernani, Eduardo descubrió el trabajo con el hierro, de la mano de la fragua de Manuel Illarramendi, que casualmente quedaba cerca de la casa que les acogió al volver de Francia, propiedad de una tía de Eduardo. El dueño le facilitó el espacio después de la hora de cierre, donde contó con dos ayudantes y se interiorizó del trabajo de la forja. Pocos meses antes había nacido la primera de sus ocho hijos, Guiomar, por lo que los talleres se volvieron parte del imaginario de toda su familia.
Ya conociendo algo la técnica, el “poeta del hierro” trabajaba pieza por pieza en el taller, donde conoció los tiempos y procesos de calentamiento y doblado de las mismas. Impartía instrucciones y aprendía activamente de profesionales expertos, forjando algunas de sus obras más monumentales y desafiantes en los hornos de Patricio Echeverría.
¿Cómo era compartir a diario con Eduardo? ¿Cómo percibía esa actitud sostenida de aprender cosas nuevas y la manera en que trabajaba en la forja?
Realmente era muy bonito y muy gratificante, porque era una persona que, cuando hablaba, te hablaba de verdad. Tenía también su sentido del humor, pero le gustaba mucho reflexionar. Te ayudaba a pensar cuando te comentaba las cosas y yo creo que esa profundidad también era de una gran rectitud, de una gran honra.
Era una persona muy agradable y sobre todo en los momentos en los que estaba forjando. Muchas veces trabajando con su equipo los veía emocionarse con un pliegue del hierro, con ir viendo lo que surgía. A él le gustaba estar muy atento a todo lo que pasaba. Cuando ibas de viaje en coche con él y veía algo, te pedía parar para bajar a mirarlo, que podían ser unas rocas en una montaña. Muchas veces decía que, si no se está atento a todo, se pueden escapar cosas que pueden ser importantes para ti.
Se critica de algunas obras de arte contemporáneo que buscan legitimarse en un desarrollo conceptual que hay que tener a mano para entenderlas. En el caso de su padre, parece que tenía una cosmovisión preexistente y que es a partir de eso y sus propias inquietudes que van surgiendo las obras.
Pues realmente era así. Mi padre nunca fue una persona a la que le gustara explicar su trabajo. Podía explicar su manera de trabajar o su pensamiento, pero no una obra. Recuerdo muchas veces estando con él que alguien le pedía explicar alguna de sus obras. Él apuntaba a un árbol que había por ahí y les decía “¿me lo pueden explicar, por favor?”. Realmente, el arte es algo que no necesita una explicación lógica, pues para él el arte es algo que tiene que despertar de alguna manera tu interés. Sus escritos están mucho más basados en lo que hemos hablado: en las preguntas, en lo desconocido. Lo que él buscaba no era la respuesta.
Una frase que he escuchado de su padre es que su obra hablaba euskera para el mundo. ¿Cómo se puede tomar esa proposición?
Era porque él veía en su propia obra un poco esa forma de ser de la gente de aquí: gente más robusta, honrada, con un trabajo físico. Eran cuestiones que él las veía muy de aquí. Él decía siempre que la luz de aquí es negra. La luz blanca era la mediterránea: muy clara, donde todo resaltaba. Ahora mismo estamos aquí con un zirimiri [llovizna] estupendo en San Sebastián y es esa forma de ser quizás más recogida, más íntima. Yo creo que todo eso lo relacionaba con lo vasco para él. Entonces, creía que lo que él expresaba era su forma de ser y de haber vivido, siempre en contacto con su tierra, con la mar, con la naturaleza, con su gran maestra, y vamos, la mar era lo que él necesitaba.
Si la luz que encontró Eduardo en Euskadi es negra, evocando la forja, el Cantábrico, la rudeza del clima y el carácter vasco, ¿qué tipo de luz cree que podría haber encontrado en el pueblo de la diáspora? La mayoría de la población en Latinoamérica está concentrada en zonas más cálidas, y en Chile también se puede ver el color rojo del cobre, que se encuentra en abundancia.
Estoy seguro de que mi padre hubiese encontrado algo diferente, porque era muy observador. Pero al final, como decía él, se sentía de alguna manera como un árbol, con sus raíces aquí en su tierra, pero con sus ramas abiertas al mundo. En ese sentido, le valían todas las ideas. Si hubiese nacido en otro lugar, hubiese sido diferente.
Para trabajar el arte, había que buscarse a sí mismo por dentro, había que entrometerse dentro de tu lugar, de tu pensamiento. No era una persona dada a estar con mucha gente. Como decía él, donde más disfrutaba de la vida era trabajando, en su estudio, en su taller, pensando, dibujando, creando sus obras.
Hoy, cuando las naciones avanzan hacia la preeminencia de los servicios y el mercado global del hierro es cada vez más competitivo, ¿cómo sigue en pie el imaginario vasco de la forja, de los antiguos talleres? ¿Qué tan íntegra sigue esa imagen que circunda a su padre?
Yo creo que sigue presente porque siguen existiendo los artesanos de siempre. Vivimos en una sociedad en la que todo avanza, pero yo creo que el trabajo industrial del hierro, la formación aquí en el País Vasco se va manteniendo y cuidando. Yo creo que sigue teniendo un peso relativamente importante.
Ya dentro del mundo del arte es muy complicado llegar a lo que logró mi padre con su relación con Patricio Echeverría, que era una gran fábrica de hierro de los años 50 con unas máquinas impresionantes. Las tenemos en un museo en la Fundación Lenbur, en el Chillida Lantoki, que es el lugar de trabajo de Chillida en Legazpi. Son proyectos en los que seguimos trabajando con la gente local y con este legado de las ferrerías de cuando el País Vasco era el principal productor de hierro de Europa.
Eduardo Chillida 100 años
La celebración del centenario del artista empezó a mediados de 2023, con la inauguración temprana de una muestra en el Museo Kunsthalle Krems de Austria, seguido de exposiciones en Chillida Leku, en Hernani, la Casa de Cultura de Avilés y el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Künzelsau, Alemania. En 2024, las exposiciones llegaron a espacios emblemáticos de Euskadi, tales como el Museo Balenciaga, en Getaria, el Museo San Telmo, Donostia, el de Bellas Artes de Bilbao y el Artium de Gasteiz, con escalas en Menorca y Santiago de Chile. Para 2025, se agendó la inauguración de muestras en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid y en el Museo de Arte de San Diego, Estados Unidos, coincidiendo con el centenario de Pilar Belzunce, quien tuvo un rol trascendental en la carrera de Eduardo.
La programación de Eduardo Chillida 100 años —coordinada por la Fundación Eduardo Chillida y Pilar Belzunce— incluye también publicaciones, proyectos audiovisuales, educativos y académicos. En lo editorial, se ha contemplado una diversidad de libros que incluye un cómic, ediciones renovadas de los escritos del escultor, un análisis arquitectónico de su obra y el libro de vivencias Una vida para el arte, de Susana Chillida (septiembre 2024). Destacan también el rodaje de un documental de Arantxa Aguirre y la presentación de la obra musical original Chillida-Elogios, del compositor Antonio Lauzurika, junto con corales y otras obras de J. S. Bach, en quien Eduardo encontró inspiración permanente.
Por último, la planificación considera actividades culturales relacionadas con el mundo productivo y la tradición del Valle del Hierro, en lugares emblemáticos como la Ferrería de Mirandaola, Chillida Lantoki y Chillida Leku, además de un homenaje de su club, la Real Sociedad de Fútbol, del que fue arquero titular, dejando el deporte debido a una lesión en la rodilla.
¿Qué es lo que le ha hecho más ilusión dentro de las actividades que se han realizado o están programadas?
Lo que más ilusión real me ha hecho es que cuando empezamos con este proyecto de conmemoración del centenario de su nacimiento, fue a raíz de un momento que se nos hizo un poco duro, que fue cuando se cumplieron los 20 años de su fallecimiento. Quisimos hacer un acto mucho más íntimo para la familia. Y fue cuando empezamos a barajar la idea de centramos en celebrar los 100 años de su nacimiento en 2024. Ahí fue cuando empezamos a trabajar en esta idea.
Pero, finalmente, nos han llegado peticiones, como la de Universidad Católica en Chile, y también de Austria, Alemania, San Sebastián, Madrid, Barcelona, Gijón o de Sevilla, de un montón de sitios. Nosotros lo que hemos hecho es recibir ese llamamiento de gente que quería hacer algo, tanto museos como todo tipo de asociaciones, y colaborar con ellos en que se pudiesen llevar a cabo. Ha sido bonita esa respuesta.

Foto: Familia Chillida. Luis es el niño que se encuentra a la derecha y abajo del cuadro, sobre las piernas de su padre. El séptimo de ocho hijos. Fuente: www.eduardochillida.com.
Links de interés:
- Actividades Eduardo Chillida 100 años
- Libro Una Vida para el Arte, de Susana Chillida
- Mapa de obra pública y en museos
|
Maqueta de Tindaya (montaña sagrada de Fuerteaventura, Canarias), en el Centro de Extensión UC. |
Por Pablo Casanova Ponce de León
Editor y periodista de Euskal Ahotsa