Foto de portada: Miguel Laborde en Conversatorio “Naturaleza y Cosmos“. Foto de Karina Fuenzalida – Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural UC.
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Foto: Miguel Laborde. Fuente: Karina Fuenzalida para Revista Universitaria.
Miguel Laborde Duronea es escritor, cronista histórico, divulgador patrimonial, investigador cultural y comunicador. Es director del Centro de Estudios Geopoéticos de Chile y colaborador recurrente del diario electrónico El Mostrador y la revista cultural La Panera. Ha impartido clases de Historia de la Arquitectura y Urbanismo en la Universidad Católica de Chile, Andrés Bello y, hasta hace poco, en la Diego Portales. En mayo de 2024 la Sociedad Chilena de Historia y Geografía le distinguió como socio honorario, mismo reconocimiento que le entregó en 1999 el Colegio de Arquitectos.
Desde 2007, dirige la Revista Universitaria de la Universidad Católica de Chile, espacio desde el cual también realiza entrevistas y lidera numerosos conversatorios, por los que han pasado personalidades tales como Ngaire Woods, fundadora de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford, Abdulrazak Gurnah, Premio Nobel de Literatura 2021, y Daniel Innerarity, filósofo, ensayista y cientista político bilbaíno; además de numerosos premios nacionales y representantes del mundo de las artes, humanidades y ciencias sociales.
Un poco menos conocida es la historia de Miguel como parte de la diáspora vasca. Sus cuatro abuelos llegaron desde el Iparralde (País Vasco Francés) de manera independiente, alrededor de la segunda década del Siglo XX. Su abuelo paterno arribó a los 19 años y fue uno de los primeros industriales de calzado en Chile. Su esposa se trasladó al territorio nacional desde Bolivia junto con uno de sus hermanos, tras estallar la Primera Guerra Mundial. Su otro abuelo dejó el hogar a los 14 para embarcarse en un ballenero rumbo a Groenlandia y Canadá, travesía que lo traería hasta Sudamérica.
Creció frecuentando el Euzko Etxea de Santiago de Chile junto con sus otros cinco hermanos hombres, donde cultivó la danza tradicional. Hijos de René Laborde, destacado pilotari internacional y muy amigo de Rafael Narvarte, ambos en su momento presidentes de la casa vasca. Miguel lo reconoce como un “vascófilo”, que “pasaba tres o cuatro veces a la semana” en el recinto, en el que jugó hasta los 68 años y donde, de hecho, fue el artífice de la construcción del actual trinquete. Valora la libertad que les dio para desarrollarse, sin presionarlos en exclusivo por lo vasco.
Laborde Duronea es autor de una veintena de publicaciones sobre historia, patrimonio y cultura, entre las que se encuentran Santiago. Lugares con historia (1990), La Selva Fría y Sagrada. Poética de la Araucanía (2011) y Chile Geopoético (2020). Entre los relativos a la cultura y la diáspora se encuentran Vascos en Santiago de Chile (1991) y Los vascos en Chile, 1810-2000 (2002). El viernes 4 de abril ofreció la charla “América Mestiza” en nuestra Colectividad, en el marco del Mes del Libro, donde presentó en exclusiva su producción más reciente, que será lanzada en el mes de septiembre.
En los últimos años ha concentrado su trabajo en torno a las manifestaciones del mestizaje americano, en lo que denomina “las Españas”. Valora el proceso intercultural que se produjo hasta el Siglo XVIII, que dio origen a la identidad mestiza, y reivindica una mirada de regreso hacia las cosmovisiones de la América precolombina y al redescubrimiento de lo hispano y del rol de los “vascos americanos”. En octubre pasado ofreció el taller “América como proyecto mestizo, un relato americano para el siglo XXI”, junto a Las Azucenas.
Conversó con la revista sobre la influencia del carácter vasco en la identidad latinoamericana y nacional en sus sucesivas oleadas migratorias, las similitudes entre Euskal Herria y el pueblo mapuche, los principios democráticos que suponen los Fueros y el sentido de autonomía vasca y las claves que aportan a un mundo que empieza a transitar hacia adentro, hacia el individuo y hacia su territorio.
Usted sostiene que estamos frente a un renacimiento de la herencia de “las Españas”.
En el Siglo XVIII se logró un mestizaje cultural muy rico, de una sabiduría diferente, ni europea, ni indígena: mestiza. Desgraciadamente, las repúblicas, el liberalismo del siglo XIX, reniega de unos y otros: reniega del mundo indígena, para volcar sus ojos hacia Londres y París. Reniega de las Españas y del mestizaje que había resultado exitoso.
Recién ahora se está poniendo en valor lo que fue el mundo barroco, y está volviendo. Curiosamente también en España, tanto en el Prado como en el Reina Sofía se están planificando exposiciones del barroco americano. Es muy interesante, porque es ahí donde logramos encontrarnos.
¿Cuál es, a su modo de ver, la incidencia de la sucesiva migración del pueblo vasco hacia las Américas?
El aporte peculiar del vasco fue su cultura del trabajo. Había una valoración incluso de los oficios, del trabajo manual, de los materiales, que fue muy beneficioso. Hay un conocimiento de los talleres medievales europeos, que gracias al aporte vasco pasa a América. Con eso hay un aprendizaje preartesanal y preindustrial también que le hizo muy bien al desarrollo americano.
Uno puede ver la historia del café en Antioquía, Colombia, o puede ver la historia de la navegación en el sur de Chile. Los primeros balleneros fueron un Urrutia, un Mendiburu, un Undurraga. Ellos trajeron esos trabajos. La forja también, para la fabricación de rejas. Todos esos conocimientos fueron un gran aporte al desarrollo económico de América.
Al vasco le gustaba trabajar. Había un placer en el hacer bien, en el orgullo del trabajo bien hecho. Y eso tiene mucho que ver con el trabajo casi como apostolado, como un lugar de uno en el mundo. Y eso porque todo lo preindustrial nació en Europa en los conventos, donde estaban las personas más educadas de Europa en esa época, que al mismo tiempo eran quienes estaban trabajando con sus manos. Y de todo eso es el vasco el portador para acá.
¿Cuántas oleadas migratorias vascas hacia Chile se pueden reconocer y cómo incidieron? Tenemos las de la época del descubrimiento, del proceso de independencia y también una migración reciente.
En términos de incidencia, son relevantes los siglos XVIII, XIX y XX. En ese sentido podemos hablar de tres oleadas. La del siglo XVIII es fundamental: aquí volvemos al tiempo del barroco, del mestizaje y de la paz, finalmente. El proceso termina un poco antes, en 1680, y se acelera en 1700. Es ahí cuando podemos empezar a hablar de Hispanoamérica. Antes es muy puntual. Aquí es donde tenemos el factor que va a marcar la historia americana, ligado a esta cultura del trabajo.
Después va a estar este siglo XIX, en que hay pobreza en España y en varias partes de Europa, y que provoca las grandes migraciones europeas hacia América, desde 1880, en especial, hasta la Primera Guerra Mundial. Y después tenemos esto de los años 30 del siglo XX, que podríamos llamarlo una tercera migración, en que llegan nuevamente muchas personas.
¿Cuáles son las diferencias esenciales entre las oleadas?
Con respecto a la primera, la del siglo XVIII, aquí podemos hablar un poco de los Fueros, porque traen los vascos un espíritu autonómico de independencia. De estar acostumbrados históricamente a regirse por sus propias normas. Entonces, no es casualidad que los primeros que gritan “junta queremos”, los patriotas, sean vascos navarros [los Larraín]. No es casualidad que ellos mismos fueron allá familias que eran muy activas en los cabildos.
Había una cultura del cabildo que manejaba mucho del gobierno local de una manera muy independiente. Y a veces pasando años en que no había ninguna relación con un poder superior. Casi todo, la economía, ante una crisis, una inundación, todo se iba resolviendo por las propias personas reunidas en el cabildo. Los personajes influyentes de la región resolviendo.
Eso es muy importante porque eso va a generar un criollo que no solamente sabe trabajar, sino que vía cabildo sabe gobernar. No es casualidad que Simón Bolívar dijera que Chile podía ser el primer país en lograr manejarse por sí mismo. Y lo que había detrás de eso era un percibir que estos criollos, hijos de vascos del siglo XVIII o vascos recién llegados, tenían una cultura institucional. No venían solo a hacerse ricos.
¿Quién eran los primeros rectores de la Universidad de San Felipe? Eran vascos. ¿Quién era el profesor de matemática que trajo el cálculo y que permitió que se desarrollara la minería? Un vasco. Había una cultura que iba más allá del saber un oficio o de ser un campesino que llegaba con ánimo a trabajar. Había una capacidad de gobierno. Y es por eso que van a prosperar estos apellidos vascos en todo el siglo XIX.
Hay un consenso de que la institucionalidad chilena ha sido relativamente estable con respecto a la región, más allá de los quiebres democráticos y con todas sus falencias. ¿Es tal? Y si es correcto, ¿se puede atribuir en parte la herencia vasca?
Hace poco salió un libro muy interesante que se llama Delirio americano [Carlos Granés, 2022], que trata cómo a los latinoamericanos nos mueve la épica, la poética, los cantos de revolución y no nos conmueve la vida cotidiana, y eso nos ha dañado muchísimo. Muchas veces se refiere a Andrés Bello, que supo crear unos códigos, un marco, o también a Diego Portales, con su mano dura, de imponer el orden, un “orden portaliano”. Y eso es cierto.
Pero también está la influencia vasca en el sentido de sospechar de los excesos, de los delirios, de las fantasías. A veces, y con cierta razón, se critica al vasco que le falta eso, que está demasiado apegado a la vida cotidiana, al quehacer, al levantarse temprano y a cumplir la norma, y que le faltaría poética. Y hay algo de eso, pero tiene esta otra ventaja. Volviendo al libro, el esperar que las reformas del Estado, una revolución o esperar a que desde arriba se ilumine y nos caiga el desarrollo, no existe.
¿Qué pueden aprender las democracias modernas de la cultura de los Fueros y el sentido de autoorganización del pueblo vasco? De ese símbolo potente que es el discutir los asuntos locales debajo de un árbol, del Árbol de Gernika.
Hace dos años entrevisté a Daniel Innerarity, el gran cientista político vasco, hoy una autoridad europea y profesor emérito en Italia. Hablábamos sobre esto, de que, en el mundo actual, en que sigue habiendo aspiraciones imperiales de los Trump, de los Putin, de los Xi Jinping, el mundo civilizado como cultura no está buscando crear nuevos imperios ni crecer a costa de los vecinos. Va por otro lado.
El Estado-nación —gran creación del siglo XIX, que fue útil— ha perdido vigencia. Los jóvenes se sienten menos vinculados, no conocen la palabra patria, ni siquiera la palabra nación les hace mucho sentido. Están en unos proyectos mucho más personales y, a lo más, locales, regionales, donde pueda haber un sentido de pertenencia y una incidencia del individuo. El individuo en la escala nacional no es nadie y en la escala imperial menos.
En lo local, uno sí encuentra, y lo conversamos con Innerarity en Europa, que los jóvenes están buscando de repente sus emprendimientos en un pueblo o en un quehacer, donde ellos marcan la diferencia. Y ya no están buscando el empleo para toda la vida en la gran empresa. Y esos proyectos personales muchas veces tienen que ver con un lugar. Y así vemos como aquí, en Puerto Varas, en Pichilemu, en Castro, en Aysén, se han ido yendo jóvenes que están transformando el país sin que nos demos cuenta, porque están haciéndose cargo de su destino.
Habíamos perdido esa conciencia, que era muy medieval, y que el vasco no perdió nunca. Esa lealtad con su caserío, con su valle, con sus platos, sus bailes, con sus costumbres, su música. Eso que tiene que ver con los sentidos también, con nuestro cuerpo, que es lo que finalmente nos mantiene. ¿De qué hablaban los soldados en las trincheras en la Primera Guerra Mundial? De los paisajes de su rincón del mundo, de los platos de su rincón, de las canciones que aprendieron a cantar en ese rincón del mundo. Los rincones, nos vamos dando cuenta, nos pueden salvar.
Cuando los vascos hablan de los Fueros y la deliberación, por lo general se sitúan más desde la identidad histórica que desde el orgullo de ser precursores de la democracia. ¿Cómo analiza la situación?
La vasca es una cultura volcada hacia adentro, así como la inglesa es una volcada hacia afuera y lo cual la ha llevado a todos los rincones. Es cierto que el vasco ha emigrado, y tanto como el inglés, pero el proyecto vasco nunca fue imperialista y, por lo mismo, no creó un estado supremo. Es curioso que también hay una similitud con el mundo mapuche, que, habiendo conocido y sufrido el impacto de imperios, nunca tuvo ese espíritu y siempre conservó la identidad de lo local.
Es una curiosa similitud de la que se ha hablado. El vasco tiene ese apego a lo que es casi físico, de su cuerpo, de lo propio, de lo que abarca su mirada casi. Y con eso emocionalmente su compromiso es altísimo, y lo ha demostrado muchas veces. En otros es más abstracto: un compromiso con una bandera nacional, con un escudo, con un ejército. Son más abstractos y por lo tanto más transitorios.
Se dice que, con esta disolución de las fronteras estatales, que van perdiendo sentido los Estados, lo que no pierde sentido son justamente los territorios, comprendidos como porciones geográficas que tienen un destino, una comunidad que se proyecta hacia el futuro. El vasco tiene eso. Se proyecta desde su territorio y se juega por eso, trabaja por eso, ama eso.
Uno lee la historia de los imperios. Y prácticamente toda nación que ha logrado ser productiva y crear una riqueza ha tendido a usar ese poder, esa riqueza, en conquistar más territorio y en avasallar a los vecinos. Una tendencia muy humana. Bueno, es un milagro y hay que aprender de quienes no han tenido esa tentación constante y que han vivido en paz consigo y con los otros.
Presentación “América Mestiza”, en la biblioteca Antonio de Nebrija del Estadio Español de Las Condes, el 4 de abril de 2025.
Por Pablo Casanova Ponce de León
Periodista y editor de Euskal Ahotsa
Fotos de la galería: Pablo Casanova P. de L.




